El
fenómeno de la aceptación de la figura de José Martí en los niños va más allá
de complicadas conclusiones.
Y es
que el héroe transmitía valores dignos de resaltar y exhortó a que se
cumpliesen, porque tenían que ver con el decoro y la capacidad del ser humano de
poder ser mejor.
Pero
los pequeños aprecian en José Martí no
solamente al héroe, porque muchos otros llenan las páginas de valentía de
nuestra historia, sino el ser sensible, el
que hablaba palabras hermosas y llenas
de sabiduría, capaces de ser anidadas en
corazones como los de los niños y que se pueden disfrutar en las lecturas de La Edad de Oro:
..."¡Así,
así, bien arropadita! ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara
baja! ¡y a dormir, abrazadas las dos!"
Y
entonces viene lo que todos conocen, el valor del amor y la piedad: "¡te
quiero, porque no te quieren!". Así concluye la Muñeca Negra.
O:
"¿Nené, tú no sabes que para pagar ese libro voy a tener que trabajar un
año? (...) ¡"Mi papá`, dijo Nené, mi papá de mi corazón!
¡Enojé
a mi papá bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la estrella azul!".
Valores como la laboriosidad, el arrepentimiento y el
perdón, ponen sello contundente a Nené
traviesa.
O
también: "-¿Qué quiere el leñador? -dijo el camarón, saliendo del agua
poco a poco.
-Nada
para mi: ¿qué más podría yo querer? Pero mi mujer no está contenta y me tiene
en tortura (...)
-¿Y
qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer?
-Pues
una casa, ...un castillito, un castillo".
De
esa manera, Martí fustigó la avaricia
cuando recreó el cuento de magia del escritor francés Laboulaye El
camarón encantado.
Pero,
más allá de estimar al hombre que procuró la independencia de Cuba fuera
de cualquier garra foránea e hizo todo cuanto pudo para lograrla, José
Martí tuvo un don especial para acercarse a los niños. En su Ismaelillo y en
María Mantilla volcó un manantial de consejos, exhortaciones y arrullos que
bien pueden ser herencia y patrimonio de cualquier niño en el mundo, pero
los cubanos aprecian mucho más su grandeza, porque no caducan, son
cada vez más propensos a ponerlos en práctica en estos tiempos de
entretenimiento y sequedad en los
valores.




