Una publicación para describir e informar

jueves, 16 de abril de 2015

Oasis en el asfalto



Belkis Aguilera es de poco hablar; sin embargo, en Las Tunas muchas personas la conocen porque es la única fémina que trabaja directo en la producción, en el asfaltado de viales.
En veinticinco años, ha realizado importantes labores en la carretera central y en los ocho municipios de la provincia, como parte de una brigada compuesta por nueve  hombres, pertenecientes a la Empresa de Construcción y Montaje del territorio.
Entre las pocas frases que pudo pronunciar por la presencia de la cámara de vídeo y el micrófono, dijo que le gusta su trabajo, es decir, medir bien la temperatura del asfalto y la densidad en el pavimento y que sus dos hijos, en lugar de reprocharle su labor, se han inclinado por carreras relacionadas con la construcción.
También dijo: “Muchos pueden ver igual que yo, que este trabajo es duro y aparentemente sucio, pero cuando una termina la obra, todo se ve "planchadito" y limpio, y sobre todo útil, por la importancia que tienen las carreteras”
Belkis se ha convertido en una suerte de rosa que crece en un terreno áspero y caliente, pero, su presencia en la brigada resulta un oasis inspirador cada día. La respetan, quieren y le brindan un lugar de prominencia donde quiera que se trasladen a verter el betún que hace la fábrica de  asfalto en caliente de Las Tunas.
Esta mujer no teme a los 130 o 160 grados de temperatura con que llega la materia prima a su lugar de destino. Se sobrepone y la recompensa la encuentra cuando mira a lo largo de la carretera y disfruta la obra colectiva, una vez pasados los cilindros. Solo el retiro la separará de esa actividad, eso sí dejó claro en una de sus respuestas.
Así de decidida, sin embargo,  es esa tunera. Única en la provincia de Las Tunas y quién sabe en cuántos lugares más del mundo.




martes, 24 de marzo de 2015

Nombre de flor



Lila tenía el nombre de flor. No era una anciana más de la cuadra. Fue incomprendida por muchos... Nunca se vio dialogar con los alumnos de la escuela primaria del frente  de su vivienda. No se notaba salir ni entrar de la casa en ningún horario del día, y siempre tenía las puertas y ventanas cerradas, excepto una al lado de la puerta, que por las persianas inclinadas, podía mirar a quién atender, cuando de lejos le gritaba su nombre para que le regalara una de sus plantas.
Creo que se veía tan blanca porque nunca cogía sol, al no ser cuando salía a regar agua, con una manguera muy larga, todas las flores que cubrían el inmenso jardín que pintaba su frente y entonces, todos los niños de la escuela, se asomaban en bultos apretados por las puertas de las aulas para verla.
Su figura encorvada y pálida se esfumaba apenas que mojaba  sus flores y la casa volvía a ser la imagen que en pinturas a veces trazamos, cuando en plano generalísimo la vemos cerrada,  en espera de que alguien le dé vida.
Lo cierto es que el día que alguien sorprendiera a Lila regalando una flor era un acontecimiento. Ni los 28 de octubre, ni los 28 de enero, ningún alumno podía arrancarle de su generosidad uno de sus cultivos preferidos.
El único jardín de Colón que enseñaba príncipes negros, rosas matizadas, espigas inmensas de azucenas y las más extrañas variedades de flores era el de la casa de Lila. Ella no era muy sociable, pero sí una excelente cultivadora de las mejores rosas de todo el pueblo. Nadie sabía quién le traía las posturas, ni el secreto para que crecieran tan exageradamente bellas y saludables.
Dicen algunos que no se casó y que vivía con una hermana, que por no ser la responsable de regar el jardín, nunca se veía. La casa estaba pintada de blanco, hacía esquina en una de las calles más céntricas de Colón, en la provincia de Matanzas, era una construcción de inicios del siglo pasado, pero, sus puertas de cedro y persianas de cristales, se mantenían como hechas del momento. Se erguía como una de las viviendas más visibles, sin embargo,  pocos, para no decir nadie, sabían cómo era por dentro.
Hace años dejé de ser una de aquellas alumnas de primaria, que estudiaba frente a la casa  de la anciana y que un día arrancó una rosa matizada por un hueco de la alta maya metálica que rodeaba el célebre jardín colombino. Nunca supe tampoco de la señora, porque dejé ese pueblo hace más de veinte años, mas, todavía sueño con volver a ver aquel jardín, cada vez que necesito rosas para regalar o adornar la sala de mi hogar. 
A veces siento que es necesario que existan personas como Lila, aunque nunca se sepa quién es, cómo es y qué hace dentro de su mansión. Quizás, después de tantos años me he dado cuenta que todos no podemos ser iguales y personas como ella le hace falta también al equilibrio del planeta.

martes, 17 de marzo de 2015

Ruido y más ruido



El ruido puede causar graves daños en la calidad de vida de las personas. Es un asunto del cual se quejan frecuentemente las personas. Tanto en los centros de trabajo o en los barrios se puede hacer más para evitar este flagelo que resulta a veces, muy molesto.

La modernidad ha traído consigo la explotación de equipos y maquinarias, que son generadores de ruidos por excelencia. Los trabajadores que laboran en los  lugares donde se encuentran, están obligados a usar los medios de protección, pues, estar expuestos constantemente a altos grados de decibeles, pudiera causar hipoacusia o sordera.

En algunas comunidades es frecuente ver cómo alguien se pone las manos en la cabeza en señal de auxilio, pues, el claxon de un automóvil, el vendedor ambulante que pregona, la música a todo volumen del vecino y el taladro inesperado de los que conviven pared con pared, son suficientes para querer irse a vivir a otro planeta.

La contaminación sonora no se ve ni se toca; sin embargo, es uno de los males que más afectan emocionalmente al ser humano. Provoca estrés, ansiedad, irritabilidad e insomnio, cuando las personas son sometidas a escuchar ruidos por encima de los 140 decibeles.

La ley 81/97 del Medio Ambiente brinda respuesta legal a quienes incurren en indisciplinas como la de provocar ruidos que atenten contra el mejor nivel de vida  de las personas. Las leyes y disposiciones están reguladas para aplicarlas  a cada infractor, pero los excesos siempre pueden disminuirse. ¡Ojo! con la conciencia de cada cual que tenga en sus manos la posibilidad de dañar menos el oído de los demás.