María Linares era una vecina especial para mi familia. Su
honestidad, seriedad y limpieza hacían que mi papá, el más desconfiado de todos,
pudiera ver en ella una persona de gran
valía.
Nació a principios del pasado siglo y hace poco murió llena
de vejez casi con cien años. Le gustaba
mucho los niños y mi infancia y adolescencia la pasé muy cerca de ella en la
calle Mario Muñoz de la ciudad matancera de Colón.
A través de una foto que exhibía con discreción en un rincón
de la sala de su casa supe, que había sido candidata a ser elegida como una de
las mujeres negras más bellas de su
sociedad. Y es cierto, a pesar de que la conocí siendo una “persona de edad”,
conservaba ese aire de elegancia y buen semblante.
Cuando era bien
pequeña me gustaba ir todos los días a su casa, especialmente por la mañana.
Ella no se ponía brava al verme llegar a veces tan temprano a visitar; al
contrario, me daba la impresión que guastaba de tener siempre alguien a su
lado, porque hablaba incansablemente.
Sus dos hijos, Isabel y Lázaro, tenían sus compromisos de escuela
y trabajo y ella permanecía “sola” la mayor parte del día. Por eso mi compañía
parece que agradecía. Me hablaba primero
de cuentos para niños mientras que estuve pequeña, más tarde de sus ancestros, después
de historia, biología, según la edad mía le permitiera.
Ella se encargaba de tener siempre en un pomo grande de
cristal caramelos para darme cuando iba
a su casa. Una vez, cuando tenía como
ocho años, me llevó al cine y me cogió por encima de la muñeca, casi a medio
brazo para cruzar las calles y eso me
hizo sentir tan disgustada que fue la primera queja que le di a mi mamá cuando
llegué del paseo. Me pasé unos días sin ir a visitarla.
Mi mamá me explicó que eso lo hizo para cuidarme mucho y
porque era muy “quisquillosa”. Es decir, le gustaban las cosas bien hechas. Yo
lo único que pensaba era que me había tomado de la mano así para que no me escapara,
además me daba pena que algún compañerito mío de escuela me fuera a ver y pensara que era muy chica todavía.
De cualquier forma yo quería mucho a María, la respetaba por
su forma e inteligencia. Además era mi refugio cuando mi mamá anunciaba que me iba a pelar y yo corría y me
escondía debajo de la cama de mi buena vecina para que intercediera por mí.
Ella entonces le decía a mi madre que no me pelara más así, que parecía un
machito.
Yo nunca la vi en chismes. Saludaba a todo el que pasaba por
el frente de su casa con respeto y consideración. Así mismo, reciprocaba de los
demás. La conocía Colón entero. Ayudaba a todo el que iba a solicitar algo y
nunca escuché que hablara mal de nadie.
Verdaderamente poseía muchos
valores que ojalá algunas personas hoy los pudieran tener. Yo a veces me sorprendo imitando sus
preceptos. Nada, huellas que no se olvidan.
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