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viernes, 14 de septiembre de 2012

Las salas de rehabilitación integral son espacios muy beneficiosos, que todos debiéramos contribuir a cuidar y mantener.



Paciente inesperada
Una fractura de rótula en el mes de julio me hizo acudir a la sala de fisioterapia más cercana a mi comunidad y recibir atención. Siempre había tratado el tema desde la perspectiva de periodista y no de paciente.
Ante la necesidad acudí a la primera sesión escéptica. Sufría de músculos y ligamentos tensos tras haberme pasado casi dos meses con un yeso ajustado en toda la pierna derecha. Pero al cabo de los siete días de sesiones de ejercicios, me sentía ser otra persona, digo, otra paciente.
En la Sala del policlínico Gustavo Aldereguía, una de las trece con que cuenta la provincia de Las Tunas, para esos fines de rehabilitación, recibí servicios de electro fisioterapia, ultrasonido localizado, y ejercicios para relajamiento muscular en dos departamentos distintos.
Elogiaba entonces  una larga lista de servicios a disposición de los pacientes y la habilidad de los técnicos para realizarle gratuita y atentamente lo que le corresponde de tratamiento a cada enfermo. Allí también se brinda terapias de medicina natural y tradicional, acupuntura, podología, psicología y otras no menos importantes.
El licenciado en fisioterapia Roberto Rodríguez, colmó todas las expectativas positivas con respecto a su labor. Invidente diestro en masajes y con un amplio conocimiento teórico de su carrera demostraba todas las mañanas sus enseñanzas a estudiantes que ya se encuentran en quinto año de sus estudios, ahora con la singularidad de que serán egresados como licenciados en Rehabilitación médica integral.
Estas salas de fisioterapia son un bálsamo para quienes sufren de fracturas, parálisis, artrosis, tortícolis, hemiplejias y otras dolencias, que cualquier paciente como yo, agradecería que perduren siempre en buen estado.

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