Cuando
salí de la etapa normal de los por qués,
apenas cinco o seis años, ya estaba preocupada por conocer las cosas
inalcanzables. Curiosa como fui, no
cesaba de encontrarle alguna solución a lo que, para los mayores, era complejo
o ni querían hablar de ello.
Por eso
es difícil olvidar las noches que pasaba junto a mi padre rodeándole el cuello
con mis brazos, sentados en el portal de mi abuela Sara. Allí, escuchaba sus
conversaciones con mi abuelo y disfrutaba el silencio de las mujeres de la
casa. Sí, porque cuando hablaban parecía que cada cosa tenía el significado
dado por ellos.
Yo
aprovechaba y recostaba mi cabeza al pecho de mi papá y meditaba en lo que ya
hoy, sí estoy segura, es la creación de Dios. Aquí una pincelada de lo que
pasaba muy a menudo:
Una,
dos, tres... ¿Por qué están tan lejos, papi? Cuatro, cinco, seis, siete, ocho,
nueve… ¡mira, se me escapó aquella, no la había visto! ¿O es que apareció
ahora? Bueno, diez, once, dieciocho… ¡Son muchas mijo!, pero no me canso, las
voy a contar todas, toditas.
-
¿Quién las hizo? …Lucen lindas adornando tanta oscuridad. -Sigue contando,
niña, creo que vas a poder contarlas todas. -¡Claro! No, no, no, yo sé que no las puedo coger
porque están muy altas, pero sí las cuento…ciento cincuenta, ciento cincuenta y
dos, doscientos treinta…y…uno…
-Shssss,
vamos pequeña, casi tengo los pies entumidos. Mañana si no hay nubes, podemos
seguir contándolas…
-Sí
papi, cua-ren-ta…y…cin-co…

Muy bonito.... remembranzas de una niña con su papi, de las más tiernas del mundo....
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